Este año no podremos ver el máximo, ya que está previsto el día doce de agosto a las 15:13 hora local, aproximadamente. Pero esa noche, la del doce al trece, seguro que ofrecen un buen espectáculo con la luna menguante que no estorbará hasta que salga a las 1:56 hora local. En cualquier caso, se podrán ver perseidas en mayor o menor cantidad entre el 17 de julio y el 24 de agosto.

 Por desgracia, no podremos organizar la habitual quedada a la que acuden ciento de personas. Sí, en esa en la que acabamos agotados de enseñar otros objetos por el telescopio —con lo que no vemos ni una perseida, claro, con el ojo puesto en el ocular o pendiente de que alguien vea a lo que estamos apuntando— y a las tantas de la mañana nos sentamos, por fin, a echarnos una cervecita bien fresca y un bocadillo de algo que nos suba el colesterol mientras, ahora sí, miramos hacia Perseo en busca del anhelado trazo brillante. Pero podremos ir con la familia a un lugar oscuro, aislado de los gentíos, cual sugiere la situación sanitaria en la que nos encontramos.

 Sobre las perseidas y su origen ya hemos hablado en varias ocasiones. Pero quisiera ahondar un poco más en su periplo hasta llegar a nosotros.

 En general, las estrellas fugaces son partículas con tamaños que van desde unas pocas micras —o milésimas de milímetro— a unas decenas de metros. Estas partículas son denominadas meteoroides cuando vagan por el espacio, meteoros cuando son visibles por ionizar el aire a su alrededor al caer por la atmósfera y meteoritos si logran llegar a tierra lo suficientemente enteras. Si bien existen algunos meteoroides esporádicos, perdidos en mitad del universo hasta que los atropellamos con nuestro planeta, la mayoría se agrupan en enjambres que provienen de un cometa. ¿Cómo?, ¿de un cometa? Sí, así es.

 Un cometa está compuesto de hielo y de esos meteoroides que llamaremos grava cometaria — aunque llamar grava a partículas microscópicas o «piedros» del tamaño de una era es un poco exagerado—. Comencemos por el hielo, que no es sólo de agua, sino que está compuesto de otras sustancias:

Agua: Éste, éste sí es el que todos conocemos. Sin más comentarios.

Amoniaco: NH3, es un gas bastante oloroso que acompaña a productos de limpieza y que quien lo ha usado sabe lo irritante que puede llegar a ser. Es también uno de los mejores gases refrigerantes que existen, a pesar de ser tóxico y levemente inflamable, pero en la atmósfera dura muy poco tiempo y, además, no contribuye al efecto invernadero.

 Dióxido de carbono: CO2, ¿alguien ha visto esas nieblas que se inyectan en los escenarios? La niebla en sí es sólo agua pero el precursor es el llamado «hielo seco», hielo de dióxido de carbono. Es un gas emitido en la combustión de cualquier sustancia orgánica y uno de los monstruos del calentamiento global. Y el famoso y mortal por asfixiante «tufo» de las bodegas. 

Metano: CH4, el principal componente del «gas natural» y hermano menor del propano y el butano.

 Todos estos gases congelados forman el cemento que mantiene unida a esa grava que hemos comentado. Bueno, si el cometa se encuentra suficientemente lejos del Sol. Los cometas nuevos o vírgenes puede estar a unas 50.000 unidades astronómicas —esto es 50.000 veces la distancia de la Tierra al Sol—, o, aproximadamente, un año luz —la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 km/s; ojo, quilómetros por segundo—, en un lugar que se llama «la nube de Oort». Allí el frío es casi absoluto y el cometa, esa especie de patata hecha de hielo y piedras se encuentra tranquilo.

 Pero, si por algún motivo, el cometa comienza a caer hacia el sistema solar central, empieza a calentarse conforme se acerca al Sol. Esto significa que los hielos subliman, esto es, que pasan de sólido a gas sin el estado líquido intermedio , ya que no hay presión debido a una atmósfera como en la Tierra. Conforme subliman los hielos, se producen gases que la propia radiación del Sol puede ionizar —es decir, el gas adquiere carga eléctrica como en los tubos fluorescentes—. Esta radiación y el viento solar alejan del cometa esos gases que, al estar compuestos de moléculas aisladas, son muy ligeras. Por tanto, la cola de gases apunta justamente al lado contrario del Sol.

 

Figura 1: Fotografía de la sonda Rossetta al cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. Obsérvese la eyección de material debido al calor del sol.

 

Por otro lado, se forma una cola debido a que la grava cometaria queda libre; pero estas partículas son notablemente más pesadas. En este caso, al igual que el humo del tren, la cola tiene una trayectoria que es combinación del movimiento del cometa y del viento solar. Además, alrededor del cometa aparece una cabellera de partículas y de gases —cabellera es coma en latín, de donde viene el nombre de cometa—.

 Figura 2: Liberación de partículas cuando

subliman los hielos. Elaboración propia... con

los rotus de mis hijos.

 

Y es esa cola de partículas la que nos interesa. Toda esa grava se aleja no demasiado del cometa, esto es, adquiere una órbita muy parecida al propio cometa. Y, ya libres, se transforman en meteoroides. Si se dan dos condiciones, formarán una lluvia de estrellas anual como las perseidas, las leónidas o las oriónidas.

La primera es que el cometa sea periódico, esto es, que vuelva a las cercanías de la Tierra cada cierto tiempo, de tal manera que esas «bolsas de grava» que se forman en cada paso vuelvan también con la misma periodicidad. 

La segunda es que el cometa tenga una trayectoria que pase muy cerca de la de la Tierra, de tal manera que ésta atraviese tal «bolsa» una vez al año. Ojo, eso no significa que el cometa y la Tierra estén simultáneamente en el mismo sitio, como ocurrió en el «Evento de Tungunska» en 1908 —un cometa de en torno a 100 m de diámetro que, al contrario que los meteoritos que caen y forman un cráter, explotó en la atmósfera con unos 10 megatones (la Little Boy de Hiroshima fue de 16 kilotones o 625 veces más potente la explosión del cometa que la de la bomba)—. Al atravesar ese embolsamiento de partículas, la Tierra las atropella. Sí, eso es, aunque la gravedad de la Tierra desvía en algo la trayectoria de las partículas, la verdad es que es la Tierra la que acomete a tales partículas. Es parecido a atravesar una nube de mosquitos con el coche: sí que la aerodinámica del coche varía la trayectoria de los insectos, pero al final, la parte preponderante es la trayectoria del propio automóvil. Y, como en este caso o en caso de lluvia o nieve —más en este último—, la apariencia es que los copos, gotas o mosquitos parecen venir de un solo punto. Como en las lluvias de estrellas.

 

 Figura 3: Un observador de Perseidas en plena «faena».

 

En fin, sólo queda recordar la manera de observar las perseidas. El radiante, o punto del que parecen venir, se sitúa en la constelación de Perseo, que, en estas fechas a la hora de anochecer, está muy cercano al horizonte noreste —conforme se mira a la salida del Sol, o al lado contrario de la puesta, algo hacia la izquierda—. Sentémonos, o tumbémonos, cómodamente mirando hacia tal punto. Y miremos al cielo hasta que veamos una, dos o varias docenas de pequeños rasgones en el firmamento encima de nosotros.

 Francisco García-Luengo Manchado

 Asociación Daimieleña de Astronomía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—3—

0
0
0
s2smodern
Joomla templates by a4joomla